Biocemento

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El hormigón es uno de los materiales más usados en construcción de edificios y grandes infraestructuras por su resistencia y su precio relativamente asequible. Sin embargo, cuenta con un poderoso enemigo: la climatología adversa y los movimientos de tierra.

Y es que es posible que antes o después se produzcan grietas. Al principio pequeñas fracturas de la superficie, por las que comienza a colarse el agua. Si ese agua se congela, se expande. Y si ese agua llega a las barras de hierro que dan consistencia a la estructura, comienza a corroerla y pueden terminar por amenazar la integridad de la construcción.

Por lo tanto, cerrar esas grietas es la clave para luchar contra la degradación del hormigón, aunque no vale hacerlo de cualquier manera, porque taparlas en la superficie no alivia el problema (sólo lo oculta).

Por eso investigadores de la Universidad de Delft han ideado un compuesto que se añade al hormigón y que utiliza bacterias para que sean estás las encargadas de taponar, de forma autónoma y desde dentro hacia afuera, las grietas.

El compuesto se llama biohormigón y, para asegurarse de que las bacterias resisten incluso dentro de un medio muy seco y prácticamente igual a la roca -sin apenas oxígeno-, han tenido que seleccionar a las mejores bacterias cuyas esporas resisten durante años sin nutrientes ni oxígeno.

En cuanto la grieta se abre, el aire y la humedad se convierten en alimento para los microbios, que van creciendo y van produciendo arcilla.

Y como último ingrediente de la mezcla tenemos el lactato de calcio, que se introduce en cápsulas cerradas hechas de plástico biodegradable, y que se añaden al cemento en la mezcla. Para que cuando entren en contacto con el agua sean capaces de crear calcita. Al fraguar, este hormigón estará listo para durar tantos años como los normales, pero además será el primero inteligente, listo para autorrepararse.

Esto representa el inicio de una nueva era de edificios biológicos.

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